“No se toquen”

Si bien el contacto físico, o mejor dicho, la ausencia de contacto físico entre las personas no es una de las medidas recomendadas por la OMS y las autoridades sanitarias del país, la realidad es que evitamos tener contacto físico con los otros – y en algunos casos, hasta con amigos e incluso familiares.

Estrechar la mano del otro es un anacronismo – las frases “dar la mano”, “echar la mano” son más retóricas que nunca porque el contacto físico es uno de los vectores de contagio de la influenza humana/porcina/A-H1N1.

En más de una ocasión me he descubierto mirando la mano de alguien que trata de saludarme con ese viejo y afectuoso ritual de reconocimiento, para acto seguido, excusarme con aquello de las “medidas sanitarias”. Un poco más adelante, arguyo que lo hago por “mutua conveniencia”.

El otro generalmente se apena –“donde tengo la cabeza?” pareciera pensar cuando se da cuenta de que está rompiendo una de las nuevas reglas de cortesía humana: no dar la mano es una nueva muestra de cortesía humana en las sociedades casi post-virusinfluenzaporcina.

Ese viejo ritual que se inicia como una oferta de paz y demostración de inofensividad -de acuerdo con los antropólogos e historiadores de las sociedades humanas- lo dejamos de lado en aras del aislamiento sanitario, en aras de la supervivencia. Por otro lado, no hay evidencia alguna de que ésta nueva regla de la cortesía humana haya llegado para quedarse.

La regla no escrita se manifiesta  en los millones de pequeñas y minúsculas transacciones cotidianas que realizamos: al recibir un objeto (sea cambio de un billete, sea una mercancía, sea lo que sea) de manos de otra persona, tanto el receptor como el emisor evitan el más mínimo contacto, el más mínimo roce.

Casi podríamos hablar de transacciones/contactos “virtuales” del mundo real – en oposición a transacciones/contactos “reales” en el mundo virtual.

La regla no se aplica con el novio, el amante, la esposa y con los familiares cercanos porque ellos no son otros sino parte de uno mismo: extensiones orgánicas de nosotros, así como nosotros somos extensiones orgánicas de ellos. Quizá tomaremos medidas sanitarias mínimas como lavarnos las manos antes de tocarnos o rozarnos, pero no evitamos el contacto físico.

Asumimos que tanto ellos como nosotros -yo en éste caso- tomamos las medidas necesarias para evitar contagios cuando no estamos juntos. Asumimos repito porque de otro modo, tendríamos que evitar tocarnos. Y por lo que sabemos el contacto con esos otros, “nuestros otros“, nos resulta esencial porque es una manera de corroborar nuestra humanidad.

“No se toquen” quedará como un cambio cultural subterráneo pero efectivo en nuestra sociedad, porque la sospecha de un contagio inesperado e indeseado es parte de nuestro instinto de supervivencia más básico, más instintivo, más primario.

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